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El brillo del aniversario que coincidió con la actualidad más patética

A tres décadas del último título mundial, la crisis del fútbol argentino, más dirigencial y estructural que deportiva, plantea un escenario de contrastes abismales

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LA NACION
Martes 28 de junio de 2016
Foto: DyN
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No se trata de caer en la melancolía ni de dejarse llevar por la nostalgia de que todo tiempo pasado fue mejor, pero el aniversario por los 30 años del Mundial de 1986 emite todavía un fulgor que no podía haber coincidido con una actualidad más patética del fútbol argentino.

En lo estrictamente deportivo, lo que ocurre dentro de la cancha, la analogía no es tan desoladora. Tres décadas después del título en México, el seleccionado es subcampeón del mundo, continental y ocupa el primer puesto en el ranking FIFA. Tiene al mejor del mundo, Lionel Messi, consideración que Diego Maradona se ganó en tierras aztecas. Pero hasta este último espejo se rompe por estos días, porque así como Diego salió entronizado del estadio Azteca, con una felicidad que no le cabía en el cuerpo, Leo se fue entre lágrimas del Met Life norteamericano, anunciando su renuncia al seleccionado.

Seguramente Messi nunca hará público el detalle argumental de la dimisión, que tiene tanto de frustración deportiva como de hastío por la crisis a nivel dirigencial de nuestro fútbol. Su discurso siempre formal y escueto en palabras no suele incluir el calificativo "desastre" que le dedicó a la AFA 48 horas antes de la final.

El proceso que desembocó en la coronación del 86 lejos estuvo de ser un lecho de rosas. Las expectativas que levantaba el equipo de Carlos Bilardo en los amistosos previos eran mínimas. Hasta más de un integrante de aquel plantel descreía de un destino de gloria. Flojos rendimientos y resultados desalentadores en la gira previa inquietaron al gobierno de Raúl Alfonsín, que a través de su secretario de Deportes, Rodolfo O’Reilly, promovió la destitución de Carlos Bilardo. Se interpuso Julio Grondona, que más allá de su filiación radical y los reparos que pudiera tener por un seleccionado futbolísticamente a la deriva, defendió la continuidad de un ciclo, no cedió a la presión gubernamental.

Luego, los resultados le dieron la razón al ex presidente de la AFA, pero tan importante como eso fue advertir que había una autoridad para sostener un proyecto. Todo lo contrario a lo que ocurre ahora, cuando la acefalía y anarquía tienen a nuestro fútbol en un marasmo aún de impredecibles consecuencias. Aquel mérito de Grondona, que por entonces llevaba siete años al frente de la AFA, con el tiempo se contaminó con los vicios del que aspira a eternizarse en el cargo. Su muerte, de la que van a cumplirse dos años el 30 de julio, abrió un abismo que se está tragando a todos los dirigentes, sean grondonistas o renovadores. Una AFA que, según el veedor judicial Alberto Piotti, está "acéfala y en una crisis terminal".

Grondona empezó a ceder la autarquía de la AFA cuando en 2009 rompió un convenio vigente para asociarse con el Estado por los derechos de televisación. La política siempre se interesó en el fútbol, al que intenta acceder aunque sea entrando por una ventana para servirse de su incomparable vidriera. Desde hace casi siete años lo tiene más sencillo: le abrieron las puertas de par en par y le desplegaron una alfombra roja.

El Estado, con dinero de sus contribuyentes, anabolizó con más millones de pesos, exentos de un adecuado control y fiscalización, a clubes que están más famélicos que antes de la instauración de Fútbol para Todos. Una bancarrota a la que también se suma la AFA, dando por archivado aquel viejo axioma de "AFA rica y clubes pobres". Hoy, la miseria es extendida, como lo refleja la agencia Télam, que cita fuentes de Rosario Central para informar que la AFA se quedó y no devolvió un premio de 1,2 millones de dólares que giró la Conmebol por su participación en la Copa Libertadores.

El chorro de dinero que abrió el kirchnerismo hoy lo entrecorta el gobierno de Mauricio Macri para condicionar un modelo de AFA que se ajuste a sus interes: Superliga, progresiva convivencia del carácter de asociación civil que tienen los clubes con un ingreso de capitales privados. En el medio malvivió un campeonato de 30 equipos que es una perfecta metáfora de un sistema deformado e insostenible. Una competencia que debería empezar dentro de menos de 40 días y no tiene calendario ni sistema de disputa.

Si el Mundial 86 tuvo a José Barrita, El Abuelo, ex jefe de la barra brava de Boca, y a Raúl Gámez, ex barra y actual presidente de Vélez, peleándose a las trompadas contra los hooligans, hoy tenemos una mayor sofisticación de las barras, enquistadas en los clubes como asociaciones ilícitas que extorsionan, trafican y, de ser necesario, llevan a la muerte en la lucha por el botín.

Aquel plantel de 1986 todavía se alimentaba con más jugadores del fútbol local que del exterior, al contrario de lo que ocurre desde la sanción de la europea Ley Bosman, que acentuó las diferencia económicas entre los mercados ricos y pobres. Quince de los 22 integrantes de la delegación se desempeñaban en un medio que tenía al River del Bambino Veira como campeón de la temporada 1985/86, preámbulo de la Copa Libertadores que conquistó en octubre.

Los 30 años del 86 son contemporáneos con el pesar por otra final de la Copa de la América y del estado en ascuas en el quedó un país que se resiste a recordar a Maradona pensando que ya no tendrá Messi.

cm/jt

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