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Maldonado: lejos de todo, Fabio Alberti maneja Choto, su restaurante a puertas cerradas

El humorista y su mujer atienden en una casa de campo, rodeados de caballos y cabras

Fabio y Maira, en un atardecer campestre
Fabio y Maira, en un atardecer campestre. Foto: LA NACION / Santiago Hafford
Jueves 11 de enero de 2018 • 00:54
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PUNTA DEL ESTE. “Donde el diablo perdió el poncho” sería una buena descripción para explicar dónde queda la casa de campo donde el humorista Fabio Alberti montó Choto, su restaurante a puertas cerradas, atendido por él mismo y su bella mujer, Maira Moreno.

Choto queda a 40 kilómetros de Punta del Este, cerca de un pueblito muy chiquito llamado El Edén. “Sobre tu mano izquierda vas a ver un almacén blanco que dice ´Los tres angelitos, almacén-provisiones´, al costado sale un camino de tierra. Te metés por ese camino y desde ahí son siete kilómetros. Seguí siempre por ese camino y cuando se abre, siempre para la izquierda. Ojo en la primera curva que vas a ver a la derecha no es un camino es una huella. Vas a llegar a una T, ahí doblás a la izquierda y después enseguida a la derecha. Hacés 500 metros más y vas a ver una puertera blanca, abrís esa puertera, la pasás, la cerrás porque hay animales; hacés 500, 600 metros más y vas a llegar a una puertera frente a vos y a otra a la derecha. La derecha es la mía. Entrás por ahí y las cerrás por favor. Ahí yo ya te veo. No te podés perder”.

Sin embargo, las impecables instrucciones del actor en audios de whats up no son suficientemente precisas para el equipo de LA NACION, que se pierde un par de veces por caminos rurales muy bonitos, pero al final llega.

Enseguida Fabio invita un gazpacho delicioso y más tarde un vino tannat especiado. Costará muchísimo convencerlos, pero al final el cocinero y su mujer se sentarán a la mesa para conversar sobre quÉ los llevó a montar este emprendimiento gastronómico en un lugar tan alejado.

Maira sirve pan de campo, otro de masa madre integral y grisines de polenta y parmeggiano para comer la mayonesa de ajos asados, el tapenade y la ricota casera. Más tarde llegan morrones quemados y berenjena ahumada, todo acompañado con vino tannat de la zona servido en un pingüino rojo. Los porotos, las zanahorias, el kimchi y la focaccia que llegan luego ya parecen un exceso en la entrada que precede al chorizo con huevo frito y el asado banderita, que además vienen acompañados con papa, boniato y calabaza al rescoldo.

Durante la comida en el patio se escuchan grillos, el croar de las ranas, algún mugido y uno que otro relincho. Impactan al citadino la cantidad de estrellas que se ven en la fresca noche, así como las luciérnagas que brillan en la oscuridad. Todo es muy low fi, pero las mantitas que ofrecen para superar el frío son de Churba.

Fabio y Maira, con la casa de fondo
Fabio y Maira, con la casa de fondo. Foto: LA NACION / Santiago Hafford

A Maira, que es de San Rafael, Mendoza, no le gustan ni Buenos Aires ni Punta del Este, por lo que se la ve muy feliz de acompañar a Fabio (que juega un poco al cowboy con un sombrero siempre en la cabeza) en esta aventura. El actor ya tiene dos foodtrucks en San Isidro, por lo que la experiencia no es completamente nueva para él

¿Qué hacés acá, tan lejos del ruido y la civilización?

Eso, huyendo del ruido y la civilización. Hace 14 años que compré esta casa. Vivo en Buenos Aires, vengo acá en temporada y durante el año. El restaurante tiene dos años, es a puertas cerradas, en mi casa, para amigos, gente conocida que le guste venir a disfrutar, abro mis puertas para ellos, con Maira. Somos dos, ella atiende y yo cocino. Yo veraneaba en José Ignacio varios años, pero había mucha gente, cada vez más y me empecé a hartar de tanto ruido. En el 2001, con todo el despelote en Argentina, tenía unos pocos dólares ahorrados, me cagaron. Con lo poco que tenía me compré un terrenito en La Juanita y después quise huir de La Juanita porque fue creciendo, no me gustaba. Me puse por Internet a ver, “monte autóctono, cañada, seis hectáreas, tajamar”. Acá tengo caballos, un par de cabras para jugar…

¿Para jugar a qué?

A ser dueño de una cabra (risas)

¿Hay ciertos valores que se perdieron en Argentina y los ves acá?

Seguro que es diferente, sí. Yo acá con la gente me doy la mano y ya está. Le digo “pero te firmo algo?”, “no si usted me dio la mano”, me dicen. “Ah listo, ok”. ¿Entendés? Andá a darle la mano a alguien en la Argentina…

¿Plantás algo?

No, me encantaría tener huerta, pero para eso tenés que vivir acá. Yo ahora me vine dos meses.

¿Y tus vecinos quiénes son?

Mis vecinos son Nelli y Wilma, con sus hijos Edibel, Esvelt y Esilda.

¿Y viene gente? Porque la verdad es que cuesta llegar.

Y cuesta sí, hay que organizarse, pero sí, vienen. El otro día vino una parejita, mañana vienen tres personas, a veces vienen grupos. Hay haras acá, gente que está en la zona y no tiene a dónde salir.

¿Cómo se enteran?

Por el boca en boca y el instagram. De a poco se va sumando gente. A mí me divierte hacerlo, esto es un juego.

El menú de Choto
El menú de Choto. Foto: LA NACION / Santiago Hafford

¿Cómo decidís el menú?

Un poco lo que me gusta comer y cocinar a mí. Después, trato de meter productos de lo que hay en la zona. Y bastante rural. Es campo, entonces la idea es cocinar en barro, parrilla. Me costó mucho conseguir carne, porque para mí la carne uruguaya no es tan buena, sí son buenos los corderos, pero no quiero vender cordero, quiero vender carne de vaca con hueso. Para mí el campo es carne vacuna con hueso.

¿Encontraste al final?

Me costó, pero ahora encontré un buen proveedor. Sí, estoy chocho con la carne. Son unos franceses que pusieron un frigorífico que parece un laboratorio.

¿La casa la compraste como está?

Wilmer me hizo el piso, me hizo la casa. Esto era una tapera, yo la fui arreglando. Todos los árboles los planté yo. Acacias, coronilla, tala, álamo, ceiba, eucaliptos, sauces, cipreses, araucarias. Muy de a poco, la levanté.

¿Van a Punta, salen?

No, me recluyo bastante, salimos acá por el pueblo, a la pulpería del pueblo. Después siempre hay cosas para hacer, voy hasta San Carlos. Y salidas, poco. Voy a visitar a un amigo, a Fede (Desseno) de Marisma, a Fernando Trocca, en (El mostrador de) Santa Teresita. Y a la playa voy a Solanas, que está a 30 kilómetros. Capaz que pasan cinco días que no nos movemos de acá y entonces decidimos ir a la playa.

¿No vi auto, tenés acá?

Qué tema, ¿viste? Se me rompió. Estoy en el horno. Se me recalentó. Tengo una camioneta muy vieja y hace tres días me recalentó y acá son complicados los mecánicos. La llevé a San Carlos, estoy entregado, ni pregunto qué pasa. Sin auto acá estoy varado, no puedo ir a ningún lado. Hoy para hacer unas compras le pedí al del almacén y me trajo las cosas. Estoy aislado, aislado. No está bueno. Espero que me devuelva el auto pronto, pero bueno, si se rompió se rompió.

La idea es tener cerveza artesanal. Pero ahora sin el auto es complicado, así que tengo Patricia. Pero hay una gente de la zona que está haciendo una cerveza de butiá y de guayaba, que son dos especies autóctonas. Hacen algo distinto, que está bueno. Hay mucha gente haciendo cosas que están bien. A medida que vas conociendo te vas contactando. El aceite es de uno de acá atrás que hace aceite de oliva.

También quiero hacer una cabaña. Preguntan mucho en la zona y no hay. Para que la gente después de cenar se pueda quedar. Igual el otro día una pareja me preguntó y se quedaron a dormir y desayunar en un cuarto que tengo.

¿Tenés trato con los vecinos?

Sí, el otro día uno nos invitó a comer. Son uruguayos, hay mucho gringo en la zona, canadienses, belgas, holandeses. Hay mucho europeo que compró tierras por acá. Acá atrás, donde está el bosquecito hay un chico argentino que compró, un médico.

Fabio, gran asador
Fabio, gran asador. Foto: LA NACION / Santiago Hafford

¿Y te enterás de lo que pasa?

Tengo una radio AM que sintoniza la radio de Solís y hablan de las ovejas, me divierte escuchar eso. Entre Fantino y eso, me quedo con eso. Me compré ahora una tele blanco y negro que no necesitás antena ni nada y agarro el canal de Punta del Este y vemos Guapas. A veces me compro el diario para ver el mercado de pases, porque me interesa ver a quién compró River.

Ahora llegaron Pratto y el arquero Armani.

Bueno, buen nivel, categoría por lo menos.

Pollo de Campo ????

Una publicación compartida de Fabio Alberti (@choto.uy) el

¿Y con el tema de la legalización no se te ocurrió plantar acá?

Y no, tenés que estar. Aparte no sé si podés, no es tan fácil.

¿Pensaste en poner una pileta?

Me gusta, pero no quiero terminar esclavo de la pileta. Si se me rompe algo después voy a tardar meses en arreglarlo.

¿El foodtruck de San Isidro en manos de quién quedó?

Y yo tengo dos socios allá, Diego y Jhony. Así que mientras yo me vengo acá sigue. Yo estoy bastante allá. No cocino, porque están los chicos arriba del camión y si meto mano es para quilombo. Ahí son solo hamburguesas, nada que ver, más comedero. Empecé jugando y explotó. Hago shows, estaba haciendo uno improvisado con Alfredo Casero antes de venirme. Tengo una sala donde hacemos teatro ahí adentro del predio, que es muy grande.

¿Tenés algún plan en TV?

No, nada, por ahora.

¿Teatro?

Teatro siempre, tengo mi propia sala y después viajo por las provincias siempre, cuando sale algún show. Tengo mi espectáculo.

Después de la cena, Fabio saca a las cabras del corral para hacer el video. Pero es imposible, van a donde quieren. "Las cabras están re locas, son madre e hija. Son divinas, pero me levanto a la mañana y tengo a una arriba del techo del auto", cuenta entre risas.

Ping Pong con Fabio Alberti

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