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La desesperanza augura un año dramático en Venezuela

De mal en peor. La escasez provocó la reacción de los sectores populares, pero el desencanto de la clase media y una oposición dividida envalentonan a Maduro, que tratará de defender como sea un régimen inviable

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PARA LA NACION
Domingo 14 de enero de 2018
Un grupo de personas reclama que abran las puertas de un supermercado, en Caracas
Un grupo de personas reclama que abran las puertas de un supermercado, en Caracas. Foto: Rayner Pena/DPA
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En Navidad se transformaba. Las gaitas y aguinaldos sonaban por doquier, las familias se reunían a preparar hallacas, la ciudad se iluminaba, los buhoneros vendían pinos y el tránsito se tornaba insoportable. El ambiente festivo se sentía desde noviembre y el pueblo venezolano, siempre dispuesto a convertir cualquier situación adversa en chiste, no se quejaba del tránsito ni las aglomeraciones, sino que aprovechaba la cercanía de las fiestas para festejar con dos meses de anticipación.

Nada de eso sucedió durante el último diciembre. La ciudad estaba desconocida: faltaron los adornos en las calles, las luces en los balcones, los buhoneros y hasta la música navideña. En una Caracas desierta a partir de las seis de la tarde por temor a robos violentos, la sensación era de una desesperanza generalizada. Aunque la desesperanza se había gestado meses antes -cuando el presidente Nicolás Maduro logró cargarse la Constitución Bolivariana e instalar la Constituyente- hacia fin de año, el contraste con las Navidades anteriores hizo que esa sensación tomara un peso aciago.

"Estas Navidades fueron las más oscuras de las que tengo memoria en Venezuela. Solo podrían compararse con las de las guerras civiles del siglo XIX", dice el historiador y analista político Tomás Straka. Atribuye esta desolación a dos razones: "Por un lado, al desencanto con el gobierno de Maduro, un hombre tremendamente impopular según todas las encuestas. Y, por el otro, a que desde el triunfo de la oposición en la Asamblea Nacional en 2015 se pensó que el final del régimen estaba cerca. Esta creencia se afianzó con los cien días de levantamientos callejeros y con el triunfo del referéndum simbólico del 16 de julio, una de las protestas más impresionantes en la historia de América Latina. La dirigencia opositora estaba segura de que lograría detener la convocatoria a la Constituyente, prometió que eso sería el inicio de la transición, y no se preparó para la eventualidad de que el régimen instalara la Constituyente de forma inconstitucional. Lo que se siente ahora es el desencanto de un pueblo que ha perdido la confianza en los líderes opositores y que no vislumbra una salida".

Aun los chavistas protestan

Otra novedad de este diciembre es que el desencanto se palpó no solo en las clases medias tradicionalmente opositoras al régimen. "El pueblo, arrecho, reclama su derecho," exclamaban, días antes de Navidad, manifestantes en barrios populares de Caracas donde hasta ahora siempre ganó el chavismo. Reclamaban el pernil navideño que Maduro había prometido por televisión cuando dijo que a partir del 15 de noviembre se repartiría en cada hogar un pernil de 5 o 6 kilos. El 21 de diciembre los perniles no habían llegado y las protestas empezaron a replicarse en el interior del país. En los estados Sucre, Falcón, Cojedes, Barinas y Monagas cortaron carreteras y montaron barricadas. "Somos chavistas, pero queremos el pernil, la comida y los juguetes", vociferaban vecinos de Catia, en la periferia de Caracas.

"Lo que no pudo la MUD, ni la resistencia, ni Oscar Pérez, ni Trump, ni Europa, ni la OEA, lo está logrando un pernil", escribió alguien por Twitter. El tuit fue tendencia durante una semana, propiciando discusiones acerca de si ahora sí los más pobres se sumarían a quienes intentan poner en blanco sobre negro los desmanes y los atropellos del régimen. La clase media no comprende que los barrios populares no se hayan sumado masivamente a la lucha contra el gobierno. Esa incomprensión se transformó en un sentimiento que tuvo su expresión en otro tuit: "Cuando salimos a las calles ustedes no nos apoyaron. Ahora jódanse".

Parte de la sociedad civil opositora quiere ver en la "revolución de los perniles" un indicio optimista de lo que vendrá: los más menesterosos levantándose contra el gobierno y reclamando, por fin, un cambio radical. Sin embargo, un análisis más profundo indica que esa interpretación es errónea. "Mientras el opositor considera que el problema radica en que el sistema está equivocado, quienes reclaman por el pernil todavía confían en el gobierno -afirma Straka-. Sienten que las cosas están mal, pero piensan que esto es el resultado de una mala administración y no del sistema en sí. De hecho, votan por el oficialismo a cambio de algo: están convencidos de que su única posibilidad de comer pernil está en manos del gobierno".

A medida que la rebelión de los perniles se expandía, el gobierno intentaba justificarse. El gobernador de Trujillo, Henry Rangel Silva, dijo que no pudieron cumplir por "saboteos de la derecha fascista". El ex-ministro Diosdado Cabello responsabilizó a Estados Unidos. Maduro afirmó: "El pernil no llegó porque Portugal saboteó los dos barcos gigantes que venían". Al día siguiente, Portugal desmintió al presidente. Ni la desmentida ni las críticas molestaron al oficialismo: tras la implosión de la MUD, el poschavismo no tiene un antagonista concreto, la oposición está más dividida que nunca y Maduro parece tener un control casi total de Venezuela. La noticia de que una mujer embarazada murió durante una de las protestas por los perniles cuando un militar de la Guardia Nacional Bolivariana disparó contra los manifestantes no tuvo gran repercusión.

La golpeada clase media

La idea de que las clases populares seguirán apoyando al oficialismo es parte de la desesperanza de la clase media. "Desesperanza, desconfianza, tristeza y miedo", así resume Ana Isabel Valarino, socióloga del Observatorio Hannah Arendt, el estado de ánimo preponderante en Venezuela. "Desesperanza ante el futuro; desconfianza en la capacidad de los líderes opositores para remontar la crisis; tristeza ante la pérdida del país que tuvimos; miedo a no generar recursos suficientes para subsistir; miedo a la enfermedad, a no conseguir medicamentos o que estén fuera de nuestro alcance".

En teoría, este año hay elecciones presidenciales. La fecha es incierta: Maduro guarda ese as bajo la manga para cuando el viento le sea propicio. Lo mismo podrían ser en marzo que en noviembre y, si no son en febrero, quizá se deba a que los perniles tampoco llegarán para carnaval.

Esta semana, tras la orden del gobierno a las cadenas de supermercados de bajar los precios, hubo saqueos en todo el país, más de 200 detenidos y las estanterías de los mercados, ya antes casi vacías, quedaron sin nada. Luis Florido, el presidente de la Asamblea Nacional, alertó a la ONU de que habrá que prepararse para una crisis humanitaria. Aun así -con una inflación estimada en cerca de 1200% en 2017, con el riesgo país más alto del planeta, con una escasez tremebunda de alimentos y medicinas- todos los pronósticos indican que Maduro será reelecto. Por un lado, el gobierno tiene la capacidad de movilizar entre 5 y 6 millones de personas. Por el otro, la oposición parece haber perdido la brújula y el mapa de navegación. Pero lo más difícil de entender para la clase media es que gran parte de la población más pobre siga siendo chavista. El estupor y el enojo que esto provoca quedan manifiestos en este tuit, replicado centenares de veces: "Cuando la gente pobre sale a la calle a protestar por un pernil no lo hace porque quiera un mejor país ni por sus reivindicaciones sociales. Lo hacen porque están comiendo mierda y le están pidiendo al gobierno otra cucharada más".

Lo que viene

Las perspectivas para este año son dramáticas. "2018 será el peor año para los derechos humanos de la Venezuela posterior a 1958 -dice el sociólogo y coordinador general de la ONG Provea, Rafael Uzcátegui-. Los desafíos son inéditos. Mi mayor temor es que no hayamos aprendido nada de los últimos años y que volvamos a un nuevo ciclo de populismo rentista autoritario de otro signo".

Straka tampoco encuentra motivos para el optimismo: "Aumentará la conflictividad. El régimen no es sostenible, pero que no lo sea no significa que no intente sostenerse por las malas o por las peores. Lo que pasó con los perniles puede ser un anticipo de lo que viene: una población que no puede seguir aguantando el hambre y un gobierno que, en vez de tomar decisiones prácticas para mejorar la situación del pueblo, se decide por la represión".

En Venezuela esta Navidad no fue feliz. Todo parece indicar que el año que empieza tampoco lo será.

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