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El legado interminable y monstruoso de un ícono pop del terror

Christopher Frayling estudió su influencia en la cultura popular

Viernes 12 de enero de 2018
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MADRID.- En una entrevista en la BBC cuando era rector de la inglesa Royal College of Art, Christopher Frayling (Londres, 1946) fue preguntado a qué día volvería si pudiera viajar al pasado. No era ni la tarde en que Van Gogh se cortó la oreja ni cuando Buonarroti dio la última pincelada a la Capilla Sixtina. El escritor, profesor y guionista lo tenía claro: volvería a la noche de aquel año sin verano en Villa Diodati en que Mary Shelley (que entonces era aún Mary Godwin) concibió la idea de Frankenstein junto a Byron y los suyos.

Autor gótico que ya se había sumergido en el estudio de criaturas como el vampiro, Frayling se volcó entonces en una investigación, entre literaria y visual, que ahora culmina en su Frankenstein. El libro se divide en dos partes, pero con una misma premisa: rastrear el trasvase de la idea del moderno Prometeo de la primera edición anónima de 500 ejemplares a los primeros peldaños de la cultura contemporánea que hoy ocupa. La primera parte investiga la creación de la obra de Shelley en aquel 1816, las influencias estéticas que tuvo (de los autómatas de la familia Jaquet-Droz a la pintura de Turner o Caspar David Friedrich), y ofrece un facsímil del borrador del capítulo de la creación del monstruo.

La segunda parte es una celebración visual de la iconografía más reciente del monstruo: Boris Karloff bajo kilos de maquillaje en las icónicas películas de James Whale, los carteles de los films de la Universal (en los años treinta) y de la Hammer (de los cincuenta a los setenta), la película de Andy Warhol (1973), imágenes de la reformulación que Mel Brooks ideó con El jovencito Frankenstein (1974), pasando por la adaptación de Kenneth Branagh (1994), hasta llegar a un presente plagado de obras de teatro, anuncios, cómics y series llenas de frankensteins y todos los familiares del monstruo, de su esposa a su hijo adolescente. Eso por no hablar de su maldición, de su fantasma, de su venganza?, un giro casi paródico que empapa toda la cultura popular.

El de Frayling es, pues, un testimonio de cómo se oxida una estética desde el idealismo romántico, pero es testimonio también de cómo se va fraguando un cambio más profundo: de la criatura desubicada pero sensible y capaz de recitar poesía al monstruo embrutecido y de andar torpe que en la película de 1931 ahoga a una niña en el lago (una iconografía que tendría sus propias reminiscencias líricas, véase El espíritu de la colmena, de Erice, en las que el autor ya no se zambulle).

El libro de Frayling lleva el acertado subtítulo de Los primeros 200 años. Con un presente que devuelve a la actualidad al monstruo de Frankenstein con su ración diaria de bioingeniería e inteligencia artificial, al mito que Mary Shelley ideó hace ya dos siglos le queda mucho camino por recorrer.

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