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Selfie mata ideología

LA NACION
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Pablo Sirvén
Domingo 14 de enero de 2018
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La anécdota habla por sí misma: Carolina Stanley debía trasladarse desde el Ministerio de Desarrollo Social a una reunión oficial a unas cuadras de allí. Solo mirar por su ventana que la 9 de Julio estaba taponada por una manifestación para desistir de ir en auto. Práctica y resuelta, le pidió a una asistente que la acompañara y ahí nomás las dos se lanzaron a cruzar a pie la avenida supuestamente más ancha del mundo.

Siendo Stanley responsable de un área tan sensible se exponía a algún mal momento. De pronto sonó un grito -"¡¡¡Caro!!!" - cuando la ministra llevaba recorridos unos pocos metros. La funcionaria se dio vuelta preparada para responder a un seguro reclamo. En cambio el pedido fue el más inesperado: "¡¡¡Selfie!!! ¡¡¡Selfie!!!". El manifestante enarbolaba festivo su celular y la invitaba a arrimarse para congelar el feliz encuentro. Cuenta situaciones parecidas Diego Brancatelli, el panelista ultraK de Intratables. Puede más la selfie, incluso, de quienes menos bancan sus ideas. Ídem, Facundo Moyano en la peatonal de Mar del Plata. A la hora del clic, son todas sonrisas y ni rastros quedan casi de la grieta.

La selfie desterró ya hace mucho a los autógrafos, aquellos garabatos con dedicatorias y firmas de fantasía que las celebridades estampaban en cuadernos, servilletas o papelitos cuando los fans les salían al paso. Pero la selfie -la autofoto que nos hacemos solos o con más personas, frente a obras de arte de prestigio universal o a bellos paisajes- es mucho más que un autógrafo porque define en buena medida nuestra época y su cultura dominante: narcisista, ostentosa y frívola.

Muchas de esas selfies terminan publicadas en las historias de Instagram. Producirlas puede ocupar una parte sustancial de nuestra rutina diaria que antes probablemente invertíamos en leer más libros, consumir medios tradicionales o hasta mirarnos directamente a los ojos sin el visor del celular de por medio.

Si antes se daba "la vida por Perón", hoy, aunque se considere trágicamente ridículo, aquellos que se despeñan por un precipicio al caminar hacia atrás en busca de una mejor perspectiva, caen en un pozo o son atropellados por un auto por no haber quitado ni un segundo los ojos de la pantalla de su telefonito personal dan "la vida por una selfie".

"Ya no miramos directamente la realidad -escribió hace poco el célebre escritor español Arturo Pérez-Reverte-. Ni siquiera lo creemos necesario. Las imágenes, sean de horror o de felicidad, solo interesan para su posterior reproducción y difusión. Es nuestro minuto de gloria. Colgar fotos en Instagram y videos en YouTube se ha vuelto objetivo de nuestras vidas".

Hipólito Yrigoyen, quien fue el primer presidente elegido por el voto secreto, universal y obligatorio, llegó en 1916 a la Casa Rosada aun cuando muy poca gente había escuchado alguna vez su voz. La aparición sucesiva de la radio y de la televisión fogonearon la comunicación política de masas y el gran usufructuario de esos dispositivos audiovisuales, a mitad del siglo pasado, fue el peronismo y también en su regreso en los 70. Carlos Menem, en los 90, desacartonó ciertas solemnidades al primerear la farandulización de la política por el mismo sistema y Cristina Kirchner fatigó las cadenas nacionales hasta volverlas contraproducentes para sus propios designios.

El gobierno de Cambiemos, que tiene otras falencias a la hora de comunicar -resta trascendencia a abonar el terreno con información adecuada antes de disponer tarifazos o reformas como la previsional-, en cambio, fue pionero y es muy idóneo en el manejo constante de las redes sociales.

El compacto equipo de siete personas que se ocupa del tema está al mando de Julián Gallo, bajo la órbita del secretario general de la Presidencia Fernando de Andreis. Ponen foco en Facebook, porque allí se genera conversación, detectan inquietudes que circulan por debajo del radar periodístico y permite trazar un "mapeo" de eventuales visitas informales de Mauricio Macri en paralelo a su actividad oficial.

Si el Presidente rehúye sistemáticamente la cadena nacional -sólo la usa para la inauguración del año legislativo, los 1° de marzo-, no pasa día en que no esté presente en las historias de Instagram donde se lo ve visitando gente, tomando mate o comiendo con lugareños de distintas latitudes. En esas circunstancias, suele darles mayor protagonismo a los visitados que se muestran sorprendidos y agradecidos de que el primer mandatario llegue hasta ellos sin discursos ni máximas enfáticas de líder mesiánico. A propósito de esto último, Cristina Kirchner, en la campaña para las PASO de agosto trató de copiar el método, pero se cansó rápido y ya para la elección de octubre había recuperado su locuacidad y protagonismo habituales.

A pesar de que Twitter es la red a la que más prestan atención los periodistas, es la menos frecuentada por Macri, que también está en YouTube y hasta en Taringa! Siempre con mensajes de cercanía, sin consignas políticas, buscando empatizar desde un costado más personal. Resulta casi silencioso para el "ruido" de los medios de comunicación tradicionales. La siembra presidencial en las redes sociales es continua, un movimiento subterráneo, casi invisible. Mal no le va.

psirven@lanacion.com.ar

Twitter: @psirven

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