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El Papa sobre contra la violencia organizada y el "sicariato" en Trujillo

Misa del Papa Francisco en Trujillo, Perú
Misa del Papa Francisco en Trujillo, Perú. Foto: AP / Martín Mejía
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LA NACION
Sábado 20 de enero de 2018 • 14:20
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TRUJILLO.- El papa Francisco voló hoy hasta esta "ciudad de la eterna primavera", la segunda más poblada del Perú, para llevarle su solidaridad a una zona que fue dramáticamente golpeada por el fenómeno del Niño Costero, que afectó particularmente a la costa norte del país en los primeros meses de 2017. "Ustedes, al igual que los apóstoles, conocen la bravura de la naturaleza y han experimentado sus golpes", dijo.

"Así como ellos enfrentaron la tempestad sobre el mar, a ustedes les tocó enfrentar el duro golpe del Niño costero, cuyas consecuencias dolorosas todavía están presentes en tantas familias, especialmente aquellas que todavía no pudieron reconstruir sus hogares", agregó.

En una misa multitudinaria, que tuvo lugar en la explanada de la playa de Huanchaco ante 200.000 fieles, Francisco tuvo palabras de consuelo y aliento. "Quise estar y rezar aquí con ustedes. A esta eucaristía traemos también ese momento tan difícil que cuestiona y pone muchas veces en duda nuestra fe", sostuvo.

Efecto devastador

El fenómeno del Niño Costero consiste en un calentamiento extraordinario de las aguas del litoral que deriva en lluvias, con desborde de ríos normalmente secos y aluviones en diversos lugares de su recorrido, llamados huaycos, por su denominación quechua. Es llamado así porque se produce en torno a la Navidad y es recurrente: se repite en ciclos cada vez más próximos. De hecho, este fenómeno se dio los dos últimos años: 2016 y 2017.

El efecto devastador de las lluvias se agudiza porque las personas, en su precariedad, instalan sus casas en el cauce de los ríos en épocas secas. Y las consecuencias son terribles: el 31 de marzo del 2017, el Instituto de Defensa Civil (Indeci) publicó un reporte que muestra los efectos del Niño Costero hasta esa fecha: 101 personas muertas, 353 heridas y 19 desaparecidas. También hubo 141.000 damnificados y casi un millón de afectados a nivel nacional desde diciembre del 2016. Es decir, en tres meses.

En una misa marcada por un inmenso fervor religioso y la presencia de 40 imágenes de Vírgenes y Santos que forman parte de la devoción popular de este país, que peregrinaron desde diversas diócesis, el Papa destacó en su sermón que el desastre tuvo un doble rostro positivo: la solidaridad. "Sé que, en el momento de oscuridad, cuando sintieron el golpe del Niño, estas tierras supieron ponerse en movimiento para ir corriendo y ayudarse como verdaderos hermanos”, dijo.

"En medio de la oscuridad, junto a tantos otros, fueron cirios vivos que iluminaron el camino con manos abiertas y disponibles para paliar el dolor y compartir lo que tenían desde su pobreza”, agregó. Aludió así a los “innumerables gestos concretos de ayuda” y al apoyo de las Fuerzas Armadas que se desplegaron de inmediato por las regiones afectadas para realizar tareas de emergencia, el envío de medicinas, ropa y alimentos desde las regiones menos afectadas del país al norte peruano, la reacción positiva e inmediata de muchos gobiernos y organismos internacionales.

En su sermón, varias veces interrumpido por aplausos, Francisco también habló de “otras tormentas” que azotan esta parte del Perú, con efectos devastadores para su gente. “Tormentas que también nos cuestionan como comunidad y ponen en juego el valor de nuestro espíritu. Se llaman violencia organizada como el "sicariato" y la inseguridad que esto genera; la falta de oportunidades educativas y laborales, especialmente en los más jóvenes, que les impide construir un futuro con dignidad; la falta de techo seguro para tantas familias forzadas a vivir en zonas de alta inestabilidad y sin accesos seguros; así como tantas otras situaciones que ustedes conocen y sufren, que como los peores huaicos destruyen la confianza mutua tan necesaria para construir una red de contención y esperanza. Huaicos que afectan el alma”, dijo.

"No tienen derecho a dejarse robar la esperanza"
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Aludió así ya no a una tema coyuntural, sino estructural de Trujillo, donde operan mafias que no sólo asesinan, sino también cobran “cupos” -impuestos mafiosos-, para dar protección a comerciantes, empresarios, taxistas y hasta a familias, para que a sus hijos no les pase nada.

“Muchas veces nos interrogamos sobre cómo enfrentar estas tormentas, o cómo ayudar a nuestros hijos a salir adelante frente a estas situaciones. Quiero decirles: no hay otra salida mejor que la del Evangelio: se llama Jesucristo”, sentenció el Papa. Y los alentó a seguir adelante: "Los peruanos en este momento de la historia no tienen derecho a dejarse robar la esperanza". Hubo aplausos.

Francisco, que llegó hasta esta ciudad -ya visitada en 1987 por Juan Pablo II- después de una hora de vuelo desde Lima, tuvo la más apoteótica recepción de esta gira. En una jornada soleada, cuando llegó en papamóvil a la playa de Huanchaco, estalló una fiesta, con cantos de bienvenida al mejor estilo tropical y un clima de alegría que no se había visto hasta ahora en esta sexta visita a América Latina.

Al lado del mar -en una playa que es meca de surfistas de todo el mundo-, miles de personas venidas desde todo Perú, que acamparon en el lugar durante la noche, recibieron al Papa como un héroe, con globos, pétalos de flores y rosarios extendidos. Llamaban la atención las decenas de imágenes, algunas montadas sobre camionetas, de Vírgenes y Santos peruanos, así como la presencia de fieles ataviados en túnicas de colores, de diversas comunidades religiosas.

"Es un sueño estar aquí”, dijo a LA NACION Djaira Guissiella González, quien recorrió 1500 kilómetros para estar en la misa. “Vengo de la selva, de Tingo María”, contó esta administradora de 25 años, quien vino junto a su hijo de dos años, Gregory. “Es una emoción inmensa estar aquí, es la primera vez que veo el Papa y no creo que vuelva nunca más al Perú una persona tan ilustre como él”, dijo Catí Ríos, colega de trabajo que viajó con ella.

Un clima de gran recogimiento se vivió en la misa, con profundos silencios en algunos momentos. El mar, la playa, el fervor, recordaron la histórica misa del Papa en Copacabana, Río de Janeiro, durante la Jornada Mundial de la Juventud.

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