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Venezuela nos interpela

Sábado 03 de febrero de 2018
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Con un régimen hiperdesgastado y totalmente desacreditado, Venezuela continúa transitando horas dramáticas y angustiantes. Una ola de saqueos a supermercados y comercios agudizó el desabastecimiento de alimentos que desde hace cuatro años castiga al país, e incluso los barrios más identificados con el oficialismo salieron a protestar por la falta de comida y de insumos básicos y por las interminables filas que se sumaron a los saqueos en muchas ciudades.

Durante la primera semana de enero el gobierno de Maduro ordenó a los supermercados reducir los precios de algunos bienes de consumo; de esa manera desató una verdadera estampida que arrasó con las góndolas a tal punto que el stock disponible se agotó. En la misma dirección, intentando reconciliarse con el pueblo, Maduro dispuso un aumento en el salario mínimo, que, según el Frente de Defensa del Empleo, el Salario y el Sindicato, solamente permite adquirir el 6% de la canasta básica familiar.

Sin alimentos y con un sistema de salud colapsado que carece de los medicamentos más elementales, la situación social y económica del país empeora día a día. El diputado opositor Rafael Guzmán, de la Comisión de Finanzas del Parlamento el único poder del Estado en manos de la oposición, aunque con sus competencias usurpadas por la Asamblea Constituyente aseguró que Venezuela cerró 2017 con una inflación acumulada de 2616%. Solo en diciembre fue del 85 por ciento.

Por su parte, las principales universidades de Venezuela estimaron que la pobreza en 2017 alcanzó el 30,2% y la pobreza extrema (indigencia) 51,5%. Estas aterradoras cifras explican, mejor que cualquier otra información, los abismos de miseria a los que el populismo del siglo XXI ha fatalmente conducido a uno de los países más ricos del mundo.

Los exorbitantes precios de los alimentos, imposibles de pagar por la gran mayoría de la población, y la consiguiente escasez de comida, superan cualquier análisis porcentual cuando se traducen dolorosamente en pérdida de vidas. Las Naciones Unidas y la Organización Panamericana de la Salud reportan que 1,3 millones de personas que antes podían comprar sus alimentos hoy ya no pueden. Según Cáritas, el 54% de los niños menores de 5 años sufre desnutrición desde el año pasado.

Son los propios hospitales públicos venezolanos los que reportan que el hambre está matando a niños a tasas alarmantes. El régimen viene también ocultando esas escandalosas cifras de muertes por desnutrición en pequeños que llegan a la atención sanitaria pesando lo mismo que un recién nacido, sumados a los recién nacidos que tampoco sobreviven por falta de adecuada alimentación. La desnutrición severa se ha triplicado, según los médicos, al ritmo de una crisis económica que se acelera, pero el diagnóstico clínico de desnutrición ha sido incluso prohibido por el régimen.

La Encuesta Nacional de Hospitales 2016 reveló que el 63% carecía de cualquier forma de la llamada fórmula infantil, necesaria para alimentar a los pacientes. Ante la impotencia de los médicos, que carecen de remedios para atender a los enfermos, los niños mueren por desnutrición, aunque no sea la causa oficial de muerte pues se toma alguna de las muchas patologías que esta dispara. Y sus padres, desesperados, pueden quitarse la vida o bajar de peso ellos cediendo lo poco que hay para alimentar a sus hijos. Las tasas de esterilización femenina también han aumentado frente a las enormes dificultades para cuidar a un hijo.

Este año habrá elecciones presidenciales y el panorama es por demás incierto. Con una oposición dividida, con liderazgos atomizados y un sistema electoral que obedece al chavismo, elegido y controlado por el gobierno, las esperanzas de que esas elecciones sirvan para despejar el panorama son remotas. El régimen dictatorial de Maduro no ha tenido otro fin que el de perpetuarse en el poder a costa del pueblo al que oprime, mata de hambre y somete cercenando todos sus derechos.

En definitiva, estamos ante un sistema que asfixia y acorrala a los venezolanos sin ofrecerles más salida que el exilio a quienes pueden huir, la resistencia a los opositores y una muerte por desnutrición a muchos condenados a sufrir hambre. Primero, fue la pérdida de la calidad institucional, ahora traducida tristemente en pérdida de vidas humanas. En palabras del exalcalde de Caracas Antonio Ledesma, líder opositor que se reunió con Macri días pasados en la Casa Rosada, "le corresponde al ámbito latinoamericano pasar del escenario de declaraciones de solidaridad a medidas concretas", reclamando así sanciones contra individualidades claramente ligadas al narcotráfico.

No es posible que la comunidad internacional continúe asistiendo silenciosamente a estas tragedias cotidianas en el país hermano. Venezuela nos interpela.

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