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Luke Harding. El tercer hombre

El británico Luke Harding habla sobre Conspiración. Cómo Rusia ayudó a Trump a ganar las elecciones, libro que reúne el rigor de la investigación periodística con el registro de la novela negra y los relatos de espías
El británico Luke Harding habla sobre Conspiración. Cómo Rusia ayudó a Trump a ganar las elecciones, libro que reúne el rigor de la investigación periodística con el registro de la novela negra y los relatos de espías. Foto: Guillem Lopez/AFP
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PARA LA NACION
Martes 06 de febrero de 2018 • 14:34
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Conspiración: Cómo Rusia ayudó a Trump a ganar las elecciones (Debate, 2017) parece una novela de espionaje que rememora tiempos soviéticos aunque es un severo trabajo de investigación que permite entrever las estrategias políticas de los dos poderes más grandes: Estados Unidos y Rusia. Su autor, Luke Harding, logra una lectura sobre los hechos con elementos de intriga y connivencias propias de la novela negra. Es el conciliábulo mismo entre Vladimir Putin y Donald Trump, dos aliados por interés. Y, también, el relato de cómo una potencia extranjera habría intervenido con éxito en las últimas elecciones estadounidenses.

Escritores y espías

Graham Greene y su compatriota John Le Carré han sido los mejores exponentes: por igual agentes de espionaje y autores de grandes obras del género negro. También Cervantes y Quevedo se cree espiaron para su país. O Voltaire, quien fuera informador en la Guerra de los Siete Años. Infiltraciones, estrategias operativas, confianza e infidelidades, sospechas, coacciones y chantajes, sobornos y aprietes, fuentes e informantes, mensajeros en operaciones encubiertas, todos elementos que forman parte de un particular universo textual y político al que se suma Conspiración y sus interrogantes centrales: ¿Putin digita la política mundial? ¿Vuelve Rusia a cobrar una importancia a la medida de la que ocupara la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas?

Luke Harding es periodista y no ha espiado en un sentido estricto aunque sí ha entrevistado a anónimos espías e involucrados en esa actividad. Alejado del glamour que rodea a James Bond, el escritor ha vivido, como corresponsal de The Guardian, en India, Alemania y Rusia, donde no se le permitió el ingreso en febrero de 2011. Sus informes críticos a la política de Putin y su libro Mafia State le valieron la imposibilidad de entrar nuevamente al país. De este modo carga con la incómoda fama de haberse transformado en el primer periodista deportado de allí, además de ser conocido por sus investigaciones sobre la salud de Putin y las especulaciones al respecto, o por sus publicaciones sobre el asesinato por envenenamiento del ex agente ruso Alexander Litvinenko. Entre sus logros destacan las coberturas en Libia, Afganistán e Irak, además del premio James Cameron por su labor en territorio ruso y Ucrania, con Wikileaks y Edward Snowden. Su libro, coescrito junto a David Leigh, Wikileaks Inside Julian Assange’s War on Secrecy fue llevado al cine bajo el nombre El quinto estado con Benedict Cumberbatch como el mismo Assange. Con ocho libros en su haber, Luke Harding representa a una de las voces más serias en materia de investigación periodística mundial. En tono afable y hasta con risas, habló con La Nación para presentar este material donde el espionaje es protagonista de la novela más negra, la de la realidad que no queríamos creer: la que pisaría estrepitosamente la ficción. La habilidad narrativa de la crónica se confunden aquí con la novela bajo el dominio de una historia bien contada.

El camino está abierto. La introducción del libro hace referencia a Orbis, una en apariencia inofensiva oficina en Londres donde funciona una consultoría de “inteligencia corporativa” que es, lisa y llanamente, un negocio de espionaje no gubernamental. Sus directivos, ingleses, regentean un espacio ocupado por viejos agentes de inteligencia especializados. Y todo pasaría sin más si uno no se detiene en, cómo no, los pequeños detalles: una matrioshka adorna cada escritorio.

Conspiración se lee justamente como una matrioshka: cada capítulo, tal cual esas muñecas, parece similar a los demás y, sin embargo, revela algo nuevo. Harding, a gusto con la metáfora de las matrioshkas, la profundiza: “Tomé la estructura y el estilo narrativo de una novela de ficción para desarrollar una historia real, una muy extraordinaria -explica Harding-. Por otra parte, toda esta realidad del siglo XXI está resultando tan surrealista e increíble que ¿para qué inventar historias? (Risas) Están todos los elementos de la novela en esta historia: tenemos un presidente de Estados Unidos tan alienado, que a veces pareciera bajo el influjo de algún perverso hechizo mágico, y un tipo al frente de Rusia que fue agente de la KGB. Esto es un plan sistemático para deteriorar el sistema, vemos que las dinámicas de esta relación afectan al mundo entero. ¡Eso es una historia! De hecho, la historia de Trump traspasa cualquier ficción y cualquier realidad; diré que mucha de su historia está escondida, así que trato de desarmar esa matrioshka. Pero no llegamos a la última matrioshka, apenas abrimos las primeras dos o tres. Tomará mucho tiempo descubrir la verdad porque estamos hablando de una gran conspiración. El lado americano quizá lo entendamos en pocos años pero del lado ruso todo está secretamente escondido y tapado, con sus penalizaciones a quienes se expresen, y nunca son penalizaciones menores. Solo cuando caiga el régimen de Putin veremos algo de luz. Se viene su reelección, por supuesto ganará, así que hablamos de al menos un par de décadas”.

Más allá de este cariz optimista, el periodista acota: “La Unión Soviética colapsó cuando no parecía que fuera a caer, supimos de la masacre de Stalin décadas más tarde, tuvimos que esperar mucho tiempo para saber qué había pasado. Hoy es fácil escribir, pero con el stalinismo era otra historia y aunque esta es una época muy diferente, alguien lo verá de este mismo modo en el futuro. Hay muchos aspectos subterráneos que no vemos. Ahora sabemos cómo fue el sistema operativo del Kremlin, cómo Kruschev ordenó a sus súbditos; hoy sabemos cuáles fueron las mentiras de la campaña electoral de Trump, que todo lo hizo para su propia satisfacción personal”.

Ambos presidentes involucrados deben estar, al menos, enterados del libro. O lo más probable sea que alguien se los haya leído: “Exacto, Trump no es un gran lector, sus agentes lo habrán hecho y buscarán modos de desacreditarme -se explaya Harding-. Cuando ya no me dejaron entrar a Rusia tenía una legión de trolls alrededor y preferí ignorar todo. Pero vivo abusos de toda esta gente que ama a Trump y creen que lo mío es un complot contra ellos. Frente a estos dichos, no puedo más que reír. Suena raro eso de la gente que ama a Trump... pero si uno mira Amazon, descubre que su libro es el más leído”.

-Será una lectura irónica.

-¡No lo creo así! Mi meta es que todos se enteren de lo que ha pasado, en la Argentina, en Europa del Este, porque es un problema global. No solo afecta a los países implicados, no es un choque entre republicanos y demócratas sino una demostración de cómo se abusa del poder. En este caso, son Rusia y los poderes del Este a través de su viejo estilo de propaganda política, de desinformación. Tenemos un gran problema y hay que ponerle luz a los hechos porque de otro modo, si no tenemos fe en nosotros, en nuestras decisiones electorales, en la clase política, lo cual ya es un problema en sí mismo, no saldremos nunca. Es un problema que es extensivo a cualquier lugar ciudadano en Latinoamérica, en Àfrica, en Europa. Y no se trata de un duelo entre partisanos viendo si les gusta el viejo Trump o el nuevo Trump o cuál de los dos es el monstruo. Hoy es Trump, mañana será otro, demócrata, lo que sea.

A lo largo del libro se leen pasajes donde el autor refiere a un cristianismo blanco nacionalista que arrastra imaginería del Ku Klux Klan: “Me temo que están teniendo un gran momento. Podemos verlo en todo el mundo, en realidad. Tanto en Rusia como en Europa aparecen discursos y políticas antigay, antimujeres diría, antiliberales, pro religión extrema, pro conservadurismo chauvinista. Y esto que escribí es para mostrar al mundo lo que es el mundo contemporáneo. Tenemos que contar esta historia, comprometernos con la realidad. Mostrar la historia oculta y así poder interpretar el contexto del espionaje soviético, que ha vuelto”.

-Su corresponsalía en la Federación Rusa duró cuatro años, ¿la echa de menos?

-Sí, mucho. Extraño Rusia, me gusta Rusia porque pasé mucho tiempo, tengo grandes amigos rusos. Tanto mi esposa como yo hemos pasado grandes momentos ahí. Iba mucho al teatro, que es maravilloso, vi Chejov, Pushkin. Trabajaba mucho, aprendí ruso, lo mejoré, leí a Nabokov… es un gran país con una historia trágica. Están gobernados por gente de la KGB en este sentido patriótico según el comando oficial, pero en realidad se trata de dinero. Y no es todo Vladimir Putin, eso no es lo auténtico; hay gente maravillosa lidiando con la corrupción, la inflación, la corrupción, que se sienten aplastados por la política estatal. Rusia no es Putin”.

Conspiración también dedica -porque está directamente relacionado- un capítulo al Brexit y destaca que fue una experiencia compleja: “Es traumático. Hay gente que realmente cree en la internacionalización,en el mundo interracial y ésto (el Brexit) puede resultar tan traumático como perder a tu familia, tu soporte -describe Harding-. Yo estoy de duelo, no quiero leer las noticias, falto a mis deberes como periodista pero no quiero saber, sigo de luto. El Brexit nos empequeñece como ciudadanos. Tenemos un gobierno terrible. La gente vota emocionalmente y no racionalmente. No es un gran momento, pero saldremos adelante”.

-¿Vio la serie The Americans?

-No pude, pero quiero hacerlo. Sé que es grandiosa, inclusive un amigo hizo una papel. Supe de una familia en Canadá que pasó por lo mismo: un adolescente descubre que sus padres eran agentes soviéticos y tuvo una crisis de identidad. Voy a verla en cuanto pueda.

¿Que si realmente existe una conspiración entre Rusia y Estados Unidos? Quizá. Lo real es que este libro abre una nueva corriente indagatoria para así llegar a la matrioshka más pequeña.

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